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Merecer la cibernética
Roberto Hernández Montoya  27.06.00 12:53 a.m.

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La cibernética no se deja adoptar si no se merece. Después del fiasco de las Megaelecciones venezolanas del 28 de mayo pasado entendemos por qué los partidos tradicionales se negaban a automatizar los comicios: porque era imposible hacer las trampas preindustriales que ellos saben hacer. No lo entendieron así los encargados de hacer las trampas preindustriales de ahora. Hasta última hora estuvieron haciendo modificaciones en las listas con fines que no tenemos claros y, por supuesto, la computadora no entiende conductas tan humanas. Pero puede ser peor, como que ni siquiera los mismos que hacían los cambios tuvieran claros sus fines. También cabe la hipótesis de la estupidez: «No atribuyas a malicia lo que puede ser explicado por la estupidez», decía un sabio. Pero más me cuadra la hipótesis compleja: hubo picardía y estupidez, que son fenómenos que una turba de ingenuos aviesos me ha enseñado que no son incompatibles.

En cualquier caso hubo una incomprensión mutua entre políticos y computadoras. Ada Lovelace, la primera programadora de la historia, decía que una computadora cumplirá cualquier instrucción que logremos comunicarle. ¿Qué puede saber de eso un pobre político? Pero no solo los políticos. José Ignacio Cabrujas decía que a Venezuela le hacen falta aún unos 50 años de trabajo manual. Lo decía a propósito de un sistema automático que no funcionaba en cierto teatro de la villa. En otra ocasión se negó a tomar un avión porque el mecánico encargado de reparar el aparato se llamaba El Mono. «Ningún mecánico de aviación serio puede llamarse El Mono», me enseñó el grande dramaturgo.

El 12 de junio pasado, cuando promulgó la novísima Ley Orgánica de Telecomunicaciones, el presidente Hugo Chávez decía con razón que le había comentado a Alvin Toffler que Venezuela tendría que simultáneamente pasar por las tres olas que Toffler describe en su famoso libro: agricultura, industria y ahora sociedad del conocimiento. Creo que Chávez no explicó eso a los que causaron el desastre megaelectoral. Porque coordinar procesos tecnológicos tan diferentes entre sí como la pillería criolla y las flashcards, es tarea titánica. Armando Córdova escribía hace años que en Venezuela predomina un modelo socioeconómico heterogéneo, donde conviven modos inmemoriales con medios de producción de la más alta tecnología. Se refería a la tesis marxista, en boga entonces: habría modos de producción, según Marx estrictamente secuenciales: comunismo primitivo, esclavismo, feudalismo, capitalismo, socialismo y finalmente, como fin de la historia, que no inventó Fukuyama, el añorado comunismo (había también según Marx un modo de producción asiático, que era un caso especial). Decía Córdova que esos sistemas lograban en Venezuela cierto equilibrio entre sí. Una vez vi un aviso clasificado: «Se alquila casa con piscina, antena parabólica y doce habitaciones. Una sirve para criar gallinas». Con razón se hacen campañas electorales con gallinas. Modo de producción heterogéneo en equilibrio. Pero mientras se logra ese equilibrio ocurren naufragios como las Megaelecciones, en que un grupo de funcionarios se dedicó, por astucia, por impericia, o por astucia y también por impericia, a actualizar bases de datos hasta minutos antes de quemar las flashcards. Nadie sabe quién lo hizo, ni el jefe de informática, ni el presidente, ni los vicepresidentes. Una mano peluda, seguramente. No hubo una mente geométrica que calculara desde temprano el cronograma, el PERT/CPM, la factibilidad, que hacían falta para que fueran viables unas elecciones monumentales, como no se han visto nunca hasta ahora en el mundo. No planificaron bien ni las trampas porque esa responsabilidad se la dieron a políticos que saben solo de minúsculas astucias anteriores a la Revolución Industrial. La máquina del tiempo existe. La inventamos en Venezuela.

Si eres ordenada la computadora te ordena, pero si eres desordenado la computadora multiplica tu desorden exponencialmente. Las líneas de los bancos se caen sistemáticamente cuando hay más congestión. Perdón, no es sistemático, si lo fuera implicaría cierta deliberación y hasta racionalidad. Los empresarios no son mejores que los políticos. Hay un desasimiento entre la racionalidad cibernética y la irracionalidad del resto del proceso social. Vas a un banco a usar un cajero automático. Bien bueno porque hay cinco. Pero bien malo porque solo funciona uno. A veces dos. A menudo ninguno. Y aquella cola. Allí hay un despilfarro que daña al propio banco. O no, porque después te lo cobran. Es como si compraras un automóvil y no lo usaras durante meses porque no sabes por dónde se le echa la gasolina. ¿Qué clase de gerente botarate es el que implanta esos cajeros y luego no les da mantenimiento? ¿En qué sitio tan raro estudió gerencia ese gerente? ¿Verdad que no es verdad que la empresa privada es necesariamente más eficiente que el estado? Porque así como hay esos bancos privados ineptos hay el estatal y eficientísimo Metro de Caracas. A veces me pregunto qué hizo José González Lander, el fundador del Metro, para convertirlo en el mejor transporte subterráneo del mundo. Algo parecido debe haber hecho Simón Bolívar para convocar llaneros venezolanos hasta las sierras del Perú, hablándoles de paradigmas entonces recién inaugurados como la soberanía de los pueblos y que no hubiera rey, nada menos, después de trescientos años de monarquía e Inquisición. ¿Con qué voz les habló, qué gesto les hizo? González Lander logró saltar por encima de los 50 años cabrujianos.

La cibernética está cayendo sobre Venezuela como una avalancha, con Internet en sus alforjas, apenas represada por tarifas telefónicas intransitables. Son ridículamente más altas que en los Estados Unidos, pero en Venezuela, donde el promedio salarial es ridículamente más bajo que en los Estados Unidos. Más bien parece demasiado que a fines de 1999 hubiese en Venezuela los casi 700.000 internautas que razonablemente calcula Lorenzo Lara (Internet World Venezuela, febrero de 2000, p. 32-33).

Pero ahora se nos vienen en cascada ABA, ADSL, HFC, LMDS, etc., para conectarnos a Internet. Hasta ahora el servicio ABA de CANTV, por poner un ejemplo, funciona bastante bien. A veces la conexión se cae o se pone lenta, pero no es frecuente, normalmente es muy rápida, los técnicos dan la cara hasta los domingos y son muy competentes. No parecen cosas de CANTV. Pero tal vez CANTV, luego de descubrir que el monopolio se le iba a acabar el 27 de noviembre de 2000, descubrió también que tal vez en pocos años la telefonía será lo de menos. Lo de más será Internet y sus empresas filiales. Amén de lo que surja en los próximos años, o en minutos.

Pero es en ese contexto socioeconómico heterogéneo en donde cae la nueva política gubernamental de telecomunicaciones. Da escalofrío. Esa política luce muy bien y por eso mismo me da escalofrío. ¡Qué bueno sería que ella sirviera de atajo para llevarnos al siglo XXI! Que nos permitiera coordinar el proceso ese que dice Chávez de la simultaneidad de las tres olas de Toffler. No es imposible, pero sí difícil si no controlamos nuestras inclinaciones hacia las pequeñas astucias que condujeron al megadesastre de mayo. Nicholas Negroponte es partidario de ese atajo desarrollista: usar la tecnología de punta como locomotora. Según Negroponte si se instala Internet en una escuelita rural peruana esa escuelita se convierte en una escuelota del siglo XXI. Recientemente se hizo en una escuela del Estado Apure, Venezuela adentro, subdesarrollo adentro, doña Bárbara adentro. Sería tan bueno que se pudiera hacer un seguimiento de esa experiencia, observar los cambios en los niños, estudiar un nuevo modelo educativo que tomara en cuenta la telemática, pero sin que se metiera Miquilena...

Luis Miquilena

Roberto Hernández Montoya en La BitBlioteca
roberto@analitica.com

 


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